El Yin Yoga es lo opuesto a todo lo que crees que tiene que ser el ejercicio: lento, silencioso, pasivo. No se trata de mover ni de forzar, sino de ceder. Las posturas se mantienen durante varios minutos con el apoyo de mantas, bloques y cojines, para que sean los tejidos más profundos del cuerpo —fascias, ligamentos, articulaciones— los que se abran a su ritmo. El resultado es una flexibilidad que no se consigue de otra forma, y una calma mental que se queda mucho después de salir de la esterilla. Para todos los niveles, sin excepción. Reserva tu clase de prueba y aprende a soltar.
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El Yin Yoga es lo opuesto a todo lo que crees que tiene que ser el ejercicio: lento, silencioso, pasivo. No se trata de mover ni de forzar, sino de ceder. Las posturas se mantienen durante varios minutos con el apoyo de mantas, bloques y cojines, para que sean los tejidos más profundos del cuerpo —fascias, ligamentos, articulaciones— los que se abran a su ritmo. El resultado es una flexibilidad que no se consigue de otra forma, y una calma mental que se queda mucho después de salir de la esterilla. Para todos los niveles, sin excepción. Reserva tu clase de prueba y aprende a soltar.
Vivimos acelerados. El Yin Yoga existe exactamente para lo contrario.
Es un estilo de yoga completamente pasivo donde las posturas se mantienen durante varios minutos —a veces tres, a veces cinco, a veces más— sin esfuerzo muscular activo. El objetivo no es calentar ni tonificar, sino relajar el músculo por completo para que el estiramiento llegue donde normalmente no llega: a los tejidos conectivos profundos. Las fascias, los tendones, los ligamentos, las articulaciones. Todo eso que el movimiento rápido roza pero no trabaja de verdad.
Para eso usamos soportes: mantas, bloques, cojines. No como ayuda para los que «no llegan», sino como parte esencial de la práctica para todos. El soporte permite que el cuerpo ceda sin tensión, y es ahí donde ocurre la magia.
Quedarse quieto varios minutos en una postura puede generar sensaciones intensas. No siempre es cómodo, y eso es parte del camino. El Yin Yoga te invita a observar lo que sientes sin reaccionar, a respirar dentro de la incomodidad en lugar de huir de ella.
Es una práctica de presencia pura. Y lo que se aprende en la esterilla —soltar el control, confiar en el proceso, no forzar lo que no está listo— tiene una forma curiosa de aparecer también fuera de ella.
Justo al revés. El Yin Yoga no requiere flexibilidad previa, la construye. Los soportes permiten modificar cualquier postura para que se adapte a tu cuerpo tal como está hoy, no como crees que debería estar. Llegas como eres y la práctica hace el resto.
Al principio puede ser un reto, sí. La mente quiere moverse, hacer algo, ir a otro sitio. Pero ahí está precisamente la transformación. Aprenderás a usar la respiración para observar tus pensamientos sin engancharte a ellos. Y cuando salgas de clase, la sensación de ligereza y paz que te lleves no se parece a nada que hayas sentido después de un entrenamiento convencional.
El Hatha y el Vinyasa son estilos yang: activos, musculares, con movimiento. El Yin es literalmente la otra cara de la moneda: pasivo, silencioso, profundo. No se busca activar el músculo sino relajarlo por completo para que el estiramiento llegue a capas que de otra forma no se tocan. Son complementarios, y practicar los dos juntos es una combinación muy poderosa.

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